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Archivo de la etiqueta: tejiendo relatos

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Correr

Sólo sé que nos persiguen, caminantes sin mente poseídos por un hambre caníbal del que jamás podrán liberarse. Heme aquí luchando por abrirme paso entre cacharros de metal sin gasolina esparcidos en un imposible laberinto que complican el paso a cualquiera, incluso a ellos.

¿Dónde está Ali?, ella estaba justo a mi lado, hace unos momentos…

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Fashionista

Era una mujer sumamente amable, y sumamente entrometida. Cada semana le llevaba a la oficina algùn postre: pie de queso, galletas caseras, costra de chocolate blanco con frutas secas, emparedados de crema de mani con mermelada.. en fin, que por lo menos 5 de sus 87 kilos eran responsabilidad de esa señora. Y todo esto le molestaba tanto a su novia: la recibìa con toda educaciòn, pero una vez que se iba cerrando la puerta tras de sì, comenzaba a recriminarle el que èl le aceptara tantas atenciones. ¿Què buscaba esa señora? ¡Si casi podrìa ser su madre!!! ¿Cuàles eran sus intenciones?? ¡Y esa manera de hurgar en la intimidad de los demàs!!! ¡Còmo si quisiera saber algùnoscuro secreto!!! ¡Pero si no hay nada que investigar!! Claro, a menos que èl sì ocultara algo, ¡pero ella no! ¡Ella què podia ocultar si todos la conocìan! ¡Què fastidiosa mujer! La aventaria por la escalera si pudiera. Le sacaria los ojos. Le arrancaria la piel de las…Shhhhh. Sus dedos en los labios de ella y un beso en la mejilla lograban tranquilizarla para olvidar el asunto. Despues de todo sòlo era la anciana de la oficina de al lado que criticaba lo excentrico de su enorme colecciòn de abrigos,jerseys y accesorios de piel.
Piel…
Piel..Era la piel lo que le faltaba ahora a ese cuerpo. El cuerpo de esa anciana amable y metiche.

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Etéreo

Mi nombre es Rafa y en ocasiones desaparezco. Solo sé de mi, mi nombre, y que tal vez mañana al levantarme no recuerde ni eso. No consigo recordar nada más. No sé si tengo familia o si alguna vez he tenido una vida.

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El señor X

El señor X observa desde la ventana de su casa. La idea poco a poco le va rondando la cabeza. Observa el comportamiento de las personas en general. Obviamente dejan mucho que desear. Un rebaño más. Eso es lo que son. Fácilmente alterables, vulnerables. Algunos piensas que son inteligentes por leer tres librillos que lideran las listas de ventas, por tener el coche más caro aparcado en la puerta de sus casas, por tener la casa más grande y la ropa más cara. Ostentación. Eso es lo que se valora aquí. Tener y tener. Pasear a la guapa de turno en tu coche para que los demás la vean. Exhibir tu trofeo. Amar con los ojos, no con el corazón. En eso se transformó el amor, en aparentar.

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Susana decide morir

Tic tac, tic tac… Por la ventana se cuela el zumbido de un neón callejero que satura el ambiente. Golpes en la pared. Ella abre los ojos y se levanta de la cama. Lo intuye, algo va mal. No pueden apenas apreciarse colores en la oscuridad de la noche. Sirenas de policía a lo lejos; disparos.

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Solo quería sorprenderlo… ¡Lo juro!

Esa noche llegué temprano a casa, el trabajo no estuvo  duro ese día y pude regresar temprano. En mi mente la idea de llegar y encontrarlo  despierto me enloquecía de dicha, planeaba en mi cabeza, inocente de lo que ocurriría, una noche romántica con vino que acababa de comprar  y placer; pensaba ingenuamente que con eso llenaría los vacíos que dejaba el trabajo entre nosotros dos.

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Pasión y locura

Era una tarde de septiembre cuando la conocí; recuerdo que estaba lloviendo y mi abrigo se había empapado completamente, busqué un refugio para escampar y de repente, ondeando su cabello oscuro apareció ante mis ojos la criatura más bella que jamás había visto…
Tenía ojos oscuros y labios rojos, los recuerdo eran rojos como la sangre, como el color de las rosas, como el rojo atardecer que solía contemplar cuando era niño.

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Lobo en un bar

En el bar local, mientras sonaba aquel tema de Eric Clapton “Love In Vain”, se encontraba ese personaje apesadumbrado que miraba el tarro de su cerveza casi terminado, observe detalladamente que su mirada reflejaba un tinte de concentración, no por el tarro, ni por el ambiente del bar local, más bien en su mirada algo le perturbaba, parecía como fijo en un punto de su vida, como atrapado en sus recuerdos que no parecían ser gratos, su mirada mostraba dolor, pensé por un momento que era por la muerte de algún ser querido.

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Una noche interminable

Di por terminado mi plato de salmón y me dispuse a lavar la vajilla. Estando la cocina limpia, decidí cerrar los postigos del enorme ventanal. Afuera, el negro cielo se veía opacado por el resplandor de las estrellas que brillaban con una fuerza jamás vista. Aproveché la ocasión para disfrutar el espectáculo y me recosté cómodamente en mi reposera plegable. Divisé fácilmente la Osa Mayor y Las Tres Marías pero me costó encontrar mi constelación preferida: la Cruz del Norte. Al cabo de un largo rato conseguí localizarla, pero cuando me disponía a contemplarla escuché un ruido ensordecedor proveniente del interior de mi casa de campo. Estupefacto, me puse de pie y me dirigí sigilosamente a ver qué ocurría.

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La carta

Esta carta que a continuación reproduzco traducida a la lengua actual, fue hallada entre las pertenencias personales del inmortal escritor del siglo XVIII, Sir Arthur Widehold. El remitente de la carta era el también autor de renombre, Clayton Darkhole; amigo personal de Sir Arthur. Ambos fueron hombres ilustres de su época y sus obras han alcanzado merecido reconocimiento hasta nuestros días.

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El sonido de las gotas de lluvia

Las gotas de lluvia caían fuertemente sobre su rostro, y parecían castigarlo involuntariamente por la decisión que había tomado. Su andar se hacía cada vez más presuroso, el sudor en sus manos era inevitable,  la respiración acelerada empezaba a hacerse una molestia y ese mortificante ruidillo de las gotas cayendo comenzaba a desquiciarlo.

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Perfecta

Me pregunto cómo habrá sido. Es decir, morir sin darte cuenta. ¿Qué se sentirá? ¿Pacífico, porque no imaginas qué sucede?, o en el último suspiro de vida, ¿Da pánico saber que ya no hay tiempo?

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DEMONIOS EN LAS SOMBRAS

-¿Por qué me miras de esa manera?-pregunté.

-Miro como y donde me place-contestó la sombra.

Desde que tuve uso de razón, no entendía por qué debía tener una sombra que no sirve

para nada. Todo mi cuerpo cumple una función, pero la sombra…

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Yo soy la voz…

Su padre la llamaba esquizofrénica… y ella se lo creía. En vano intentaba callar las voces que a diario la atormentaban; ella no entendía que necesitaban su ayuda, es más, no le importaba. Tal vez era demasiado para una adolescente cansada de ser tildada como el bicho raro de la familia. No sabía o era incapaz de aceptar que si lo era.

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Noches de pesadilla

Estaba solo en el mundo

y nada había para hacer.

Me sentía un idiota inmundo,

y algo para divertirme quería tener.

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Reflejos

Al principio solo fueron imperceptibles sombras reflejadas en pequeños objetos. Un destello fugaz ante sus ojos en el vidrio de un vaso de agua, sutiles sombras en movimiento  multiplicadas  por los prismas  del cenicero de  la mesa del salón, detalles que se le antojaban ilógicos en la natural reflexión de la luz que entraba por las ventanas.

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Me declaro culpable

Me declaro culpable de haber leído acerca de la teoría de la relatividad. Siempre fui bastante curioso.

En algunos casos resultó ser algo positivo, pero en otros no. Bien lo dijo aquél autor cuyo nombre no recuerdo, “…benditos sean los ignorantes”. Refiriéndose a que cuanto más sabía un individuo mayor era el sufrimiento respecto a ciertos puntos.

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Una vida envidiable

El hartazgo del sueño me levanta. Me giro del lado equivocado de la cama y me dirijo al baño,  paso al lado del espejo y me miro. Me quito la camisa  y al hacerlo veo mi monumento a la estupidez humana, las cicatrices inundan mi cuerpo, como si quisieran ser vistas, pero no, nadie debe saber que las tengo o porque las tengo.

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VANIDAD

Siempre fui hermosa, perfecta, elegante, pero quería más, quería ser más hermosa, incluso más que la diosa Afrodita. Los días pasaban y mi cuerpo y rostro envejecían, hice todo para detener el tiempo; cremas costosas, cirugías en cada extremo de mi cuerpo, inyecciones en mi rostro. Pero el tiempo seguía…

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ESO

El hálito helado que osciló desde los pasillos exteriores me hizo estremecerme. Eran las 23:13, estaba en la guardia del hospital más cercano al que llegué. Ni siquiera sabía el nombre. El punzante dolor de cabeza que me despertó, también me obligó a correr desesperadamente  por las calles hasta llegar allí.

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